En estos días, a partir del proyecto de ley de Karen Reichardt, en el debate contemporáneo sobre el bienestar animal en Argentina se ha instalado con fuerza una corriente de opinión que señala a la crianza de perros de raza como la causante directa de la superpoblación callejera y el abandono. Sin embargo, un análisis riguroso de la realidad local revela que este discurso no solo es falaz, sino que constituye una alienación ideológica foránea que no coincide, ni por asomo, con las estadísticas de nuestro país.
Comprobarlo es sencillo, mirá los cientos de fotos de animales en adopción publicadas en línea o, mejor aún, visitá un refugio.
El mantra “ADOPTÁ, NO COMPRÉS” es la consigna de un movimiento que tiene más que ver con la efectividad comunicacional de un globalismo hegemónico que con encontrar soluciones a nuestros problemas reales y locales. Quizás en sus lugares de origen sean apropiados, pero en Argentina constituyen una verdadera cacería de brujas, porque el problema tiene una forma muy diferente.
Mientras que en países como Estados Unidos existen refugios de animales sobrepoblados con ejemplares de raza e incluso santuarios especializados para la recuperación de razas específicas, en Argentina el panorama es radicalmente opuesto. La abrumadora mayoría de los canes que se rescatan en los circuitos urbanos y suburbanos son perros mestizos. Este contraste innegable demuestra que el problema no proviene de los criaderos responsables dedicados a la cinofilia, sino de dinámicas socioestructurales ligadas a la castigada economía argentina, la falta de educación, la crianza no ética y la tenencia sin responsabilidad, que causan el abandono.
proteccionismo y vacío educativo
En nuestro país, el movimiento proteccionista convoca a miles de personas de buena voluntad que quieren dedicar su vida a hacer el bien. En mi experiencia trabajando con perros obtenidos en este circuito he observado que estas personas suelen carecer de educación adecuada en cuestiones caninas y de bienestar animal en general, y muchas veces promueven adopciones que no terminan bien. Al operar puramente desde la buena voluntad y la emoción, sin bases sólidas, terminan siendo funcionales a la propagación de un prejuicio tan simple como falso: que “comprar un perro de raza equivale a matar a uno de refugio”. Como ya observamos, ni siquiera se adecua a la realidad de nuestro país; es un prejuicio importado.
Esta falta de formación, que considero generalizada a toda la sociedad, genera consecuencias directas e indeseadas que he observado en mi labor como adiestrador ayudando a familias a resolver dificultades con sus perros: diversos problemas de adaptación y riesgos conductuales elevados son frecuentemente observables tanto en cachorros de criadores de “perros sin papeles” como de los obtenidos mediante circuitos proteccionistas.
lo que mis perros me enseñaron
A menudo debatimos sobre el bienestar animal, la crianza y el proteccionismo desde la teoría, las ideologías o las creencias. Sin embargo, para mí la lección más contundente no provino de los manuales, sino de mi propia experiencia de vida. Como adiestrador, la observación más profunda de mi carrera en este aspecto la realicé en mi propia casa, conviviendo con dos seres que transformaron mi vida, y con quienes compartí mi formación como adiestrador: mis caniches, Kivuli y Astro.
Nuestra convivencia evidenció, en forma de hechos innegables, cómo el origen de un cachorro marca su comportamiento y su dignidad para siempre.
Kivuli tenía pedigrí, fue adquirido de un criador de la Federación Cinológica Argentina (FCA) con casi 4 meses de vida. Tuvo la fortuna de nacer bajo los cuidados de un criador responsable. No considero que el eventual pago por el cual pasó a vivir bajo mis cuidados haya constituido el rescate de una vida en peligro, sino todo lo contrario: fue la retribución voluntaria a ese criador por una tarea bien hecha, la de suministrarme un perrito muy sano física y mentalmente, y listo para continuar su vida junto a mí.
Astro no tuvo esa suerte y resultó siendo abandonado y rescatado. Llegó a mi vida a una edad desconocida, posiblemente con entre uno y dos años. Tenía una tendencia fuerte a caminar estereotípicamente en círculos, algo muy común en animales que sufren confinamientos abusivos, como fue su caso. Una década más tarde esas tendencias se debilitaron enormemente, pero aún puede observarse que aparecen en situaciones estresantes.
Tras mi paso primero como alumno, y luego como parte del equipo docente durante varios años en la Escuela de Adiestramiento de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA, hoy sé que para criar responsablemente perros hay que estudiar, además de tener un gran amor por ellos. Criar perros es una tarea sumamente sacrificada y no libre de experiencias duras. Porque, aun ante todos los cuidados, la realidad es dura y dista mucho de ser la fantasía perfecta de las películas de Disney.
Mi gran utopía es que algún día todos los perros del mundo tengan la misma suerte que tuvo Kivuli y que ninguno deba atravesar los sufrimientos que padeció Astro.
Desde mi experiencia, la crianza ética no responde a un capricho superfluo; es el pilar fundamental en un sistema que garantiza que un perro comience su vida con la estructura emocional y física necesaria para tener una vida digna. El proteccionismo cumple una tarea enorme rescatando animales, pero no debemos confundir las consecuencias del abandono y la desaprensión humana con el trabajo de los criadores responsables, quienes hacen posible que la vida de un perro en un hogar familiar sea, desde el primer día, una historia de dignidad y bienestar.
no perseguir, sino educar
Si todavía queda alguna duda acerca de lo inservible que es la cacería de brujas que reflejan los discursos proteccionistas que apuntan a la cabeza de los criadores responsables, solo queda ver que desde hace varios años el número anual de animales registrados por los registros genealógicos que nuclean a los criadores responsables refleja un descenso sistemático, y sin embargo los problemas persisten y se agravan. Y para quienes se arrogan la representación del proteccionismo ya no alcanza con perseguir a las supuestas brujas: ahora hay que exterminarlas, aún cuando los hechos demuestren con contundencia que esa no es la solución.
Es obvio que mientras como sociedad no tomemos conciencia de cuáles son los verdaderos problemas las verdaderas soluciones no van a aparecer.
La realidad es que el abandono de animales, que además del fenómeno urbano y suburbano de los perros callejeros da origen a poblaciones asilvestradas con graves consecuencias ecológicas y sanitarias en regiones como el sur argentino, es una absoluta irresponsabilidad e inmoralidad.
Y lo que se revela como una causa clara es la profunda ignorancia sobre la naturaleza canina que tiene el argentino promedio. Lo bueno es que la ignorancia se combate con educación. La sociedad argentina del siglo XXI demanda con urgencia que estos temas formen parte de la educación más temprana.
Es necesario que nosotros y nuestras futuras generaciones aprendamos que los perros de raza son el resultado de procesos de selección genética orientados a funciones específicas (como la cacería, el pastoreo, el trabajo o la compañía). Que la cría ética y planificada permite predecir el temperamento, el tamaño y las necesidades biológicas del animal, facilitando que las familias elijan un compañero que realmente se adapte a su estilo de vida. Que ser la “simple” compañía del ser humano en un entorno urbano no es tan simple, y que la incorporación zootécnica de los perros al trabajo humano es de gran beneficio para la sociedad.
Atacar al criador responsable bajo consignas importadas, ajenas a nuestra realidad local, solo desvía el foco de la verdadera urgencia nacional: es necesario cambiar la visión antropomórfica del perro como un juguete para disfrazar o un mini-humano anclado en la inmadurez, y promover que el adiestramiento de los perros y la educación canina de los humanos comience temprano en la vida, cuando son cachorros y son niños. Solo de este modo los perros —sean mestizos o de raza— podrán convivir seguros y equilibrados en el complejo mundo de los seres humanos que saben cómo tratarlos.

